
Citando a banderillas está el subalterno en medio del ruedo, el toro
distraido aún no se ha fijado, ¡ eh eh ! grita el torero de plata muy atento mientras ya levanta
los palos al cielo.
El compañero lo embroca de nuevo y le da el capotazo justo que deja al
toro mirando al torero que ha empezado suave a andar ceremonioso por el albero. El toro no
arranca y el subalterno, el hombre de confianza que cuerpo a cuerpo lidia al toro, espera atento
su arrancada.
¡ Eh Eh, torito mira! y comienza su carrera porque el toro a su vez
con premura lo busca en ese punto de encuentro con bravura, mientras la plaza se inunda de un
silencio, de un silencio angustioso que se torna en un único y clamoroso olé.
Olé porque los brazos bajaron con fuerza del cielo y juntos han quedado
en dónde se tienen que quedar. "Eso si que es un quiebro de un buen subalterno", se oye en el
graderío, subalterno que andando tranquilo y sereno se acerca al burladero, sonriendo, contento porque
se sabe ganador.
El público aplaude, aplaude más fuerte y el matador, atento,
reconociendo el mérito que ha tenido, asiente. El subalterno más contento que unas pascuas
sale orgulloso al ruedo porque desmonterar es el triunfo a su esfuerzo, es el reconocimiento
a su poderío ante el toro, y esos son sus aplausos.

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